Los mercados de Brasil vuelan, pero la economía sufre y la crisis se acelera


brazil-hitwise-NEW-sept-2013-690x300-618x268Los mercados brasileños han vivido alzas furiosas en los últimos dos meses ante cualquier indicio de que la presidenta izquierdista Dilma Rousseff pueda ser destituida, y al margen de que la economía siga sumergida en la peor crisis en generaciones.

Ahora, con la inminente y crucial votación, este domingo, en el proceso de destitución de la mandataria, los inversionistas podrían ver convertidos en realidad sus deseos de un nuevo liderazgo. Si dos tercios de los legisladores de la cámara baja del Congreso se pronuncian a favor de que Rousseff enfrente un juicio por presunta adulteración de las cuentas fiscales, la presidenta no tendrá más remedio que dejar su puesto, al menos temporalmente.

Pese a las celebraciones de los mercados, las perspectivas de un regreso al crecimiento son sombrías, incluso si Rousseff resultara sustituida por una persona que promueva políticas de mercado.

“La economía sufre de una variedad de pecados originales”, señala João Pedro Ribeiro, economista brasileño de Nomura Securities en Nueva York. Según él, el “crecimiento potencial” del país, es decir la velocidad a la que la economía se puede expandir en el largo plazo, es “muy, muy bajo” en comparación con otros mercados en desarrollo.

Los detractores de la presidenta la acusan de no haber sabido gestionar una economía que llegó a ser muy dinámica y de carecer de las destrezas de negociación política necesarias para que el Congreso apruebe las reformas necesarias. La economía se contrajo 3,8% el año pasado, el mayor retroceso de los últimos 25 años, y un vuelco dramático comparado con el crecimiento de 7,5% logrado en 2010, el año en que Rousseff fue electa.

No obstante, la hemorragia continuará más allá de quién lidere los destinos del país porque el gobierno ha agotado prácticamente la artillería a su disposición para combatir la crisis. Años de estancamiento, combinados con la obligación constitucional de gastar en ámbitos como la salud, la educación y las pensiones, han dejado al sector público brasileño con un déficit cercano a 11% del Producto Interno Bruto.

aaa brasil“Hablamos mucho de los gastos en programas sociales en Estados Unidos, pero eso es lo que hace Brasil: 90% del presupuesto es gasto social”, señala Edwin Gutiérrez, quien gestiona US$11.000 millones en deuda de mercados emergentes para Aberdeen Asset Management.

Las correcciones que necesita Brasil exigen decisiones impopulares, como liberalizar las leyes laborales y reducir los aumentos automáticos del salario mínimo, en un momento en que la opinión pública se opone a los políticos de todas las corrientes. El vicepresidente Michel Temer, el sucesor más probable de Rousseff, ha dado indicios de que seguirá políticas de mercado, pero probablemente disfrutará de “una luna de miel muy estrecha” para poder implementarlas, asevera Christopher Garman, director de análisis de países de la consultora de riesgo Eurasia Group.

Un juez de la Corte Suprema ordenó recientemente que el Congreso acuse a Temer de los mismos cargos que a Rousseff. Aunque las probabilidades de que Temer sea impugnado son consideradas bajas debido a su sólido respaldo en el Congreso, algunos de los principales dirigentes del Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB), al cual pertenece, han sido implicados en un amplio escándalo de corrupción.

La policía arrestó el martes a Gim Argello, un ex senador del Partido Laborista Brasileño —parte de la coalición de gobierno de Rousseff—, quien es acusado de aceptar unos US$1,53 millones de dos constructoras a cambio de obstruir una investigación del Congreso. Ni Argello ni un representante pudo ser contactado para que comente al respecto.

Igualmente, es probable que una oposición de izquierda vote contra cualquier medida de austeridad que el gobierno pretenda implementar. “Como resultado, el modo binario en el que los mercados están tratando la votación de este fin de semana es tal vez un poco inapropiado”, puntualizó Garman en una nota de investigación difundida el martes.

El lunes, por ejemplo, el real se disparó 3% frente al dólar para alcanzar su mayor nivel de los últimos siete meses, pese a que una encuesta del banco central mostró la decimosegunda caída semanal consecutiva en la proyección del PIB. Los economistas sondeados ahora prevén una contracción de 3,8% en 2016, idéntica a la de 2015.

Muchos de los desafíos están consagrados en la Constitución de 1988, que dificulta que el gobierno realice despidos en el sector público y permite que los trabajadores empiecen a recibir sus pensiones a los 54 años. Se necesita una mayoría de dos tercios en el Congreso para enmendar la Constitución brasileña.

Otro factor importante que ha contribuido al déficit es una ley que vincula a la inflación los salarios y algunas pensiones. Su reforma requeriría sólo de una mayoría simple en el Congreso, pero refleja una práctica, conocida como indexación, que afecta a toda la economía brasileña, el legado de las altas tasas de inflación que han caracterizado al país.

Esta clase de problemas, junto con otros obstáculos para el crecimiento económico como el exceso de burocracia y una infraestructura deficiente, quedaron en un segundo plano entre 2003 y 2011, cuando se dispararon los precios de las materias primas que exporta Brasil. Cuando los precios de los commodities comenzaron a bajar, durante el primer período presidencial de Rousseff, esta intervino en la economía con medidas populistas que apuntalaron el consumo en forma transitoria, pero dejaron al país con un déficit fiscal enorme.

Rousseff intentó enderezar el rumbo fiscal después de su reelección en 2014 al designar al respetado banquero Joaquim Levy como ministro de Hacienda y encargarle la puesta en marcha de un programa de austeridad. Su nombramiento hizo subir la bolsa y la divisa del país en un fenómeno que la prensa bautizó como “el efecto Levy”. Sin embargo, las medidas más importantes fueron desbaratadas por la férrea oposición de grupos de interés en el Congreso. Levy renunció en diciembre.

Las tribulaciones de Levy son un mal augurio para las esperanzas de Temer de cumplir en forma expedita la promesa de su partido de reformar el sistema de pensiones, recortar el gasto y estimular la inversión privada.

“Pensamos que cuando llegó Joaquim Levy (…) Brasil se iba a mover en la dirección correcta, pero aquí hay mucha inercia. Cuesta erradicar muchos de estos problemas estructurales. Hay muchos intereses creados”, dice Michael Henderson, analista de Maplecroft.

La cautela de Henderson y otros economistas contrasta con la euforia que se ha apoderado de los mercados en las últimas semanas, conforme el proceso de impugnación de Rousseff avanzaba en el Congreso.

El Ibovespa, el índice de acciones líderes de la Bolsa de São Paulo, ha subido casi 30% desde mediados de febrero mientras que la apreciación del real ronda 15%. El volumen de transacciones bursátiles llegó a 8.270 de millones de reales al día en marzo, casi un récord, según la firma de investigación Economática.

Tal vez el mejor indicador del ánimo imperante entre los inversionistas sobre la situación política sea el desempeño de las acciones de la estatal Petróleo Brasileiro SA, o Petrobras, una empresa con un alto nivel de endeudamiento y que está en el medio de un escándalo de corrupción de miles de millones de dólares, que los detractores de Rousseff atribuyen a las políticas intervencionistas de su partido.

Aunque Petrobras ha avanzado muy poco en el camino hacia unas finanzas más sólidas y el 22 de marzo anunció la mayor pérdida trimestral de su historia, la cotización de las acciones prácticamente se ha duplicado en los últimos dos meses. Los inversionistas apuestan a que el sucesor de Rousseff abra el sector energético y permita que Petrobras opere más como una empresa privada.

Neil Shearing, economista jefe de mercados emergentes de Capital Economics en Nueva York, cree posible que, una vez que la situación se aclare, surja un gobierno que implemente políticas más de mercado. Sin embargo, “la oleada de descontento contra toda la clase política en Brasil podría ser caldo de cultivo para la aparición de un movimiento más populista”, asevera. “En el actual entorno, lo que venga después de Dilma es muy incierto”.

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