El gasto público de EEUU deja huella en los mercados


A comienzos de la semana pasada, un cliente de Deutsche Bank preguntó al economista jefe del banco, Torsten Slok, si Estados Unidos acabará por tener que recurrir a un rescate por parte del Fondo Monetario Internacional. “Obviamente, no”, contestó Slok, quien sin embargo considera que Washington está experimentando peligrosamente con un doble déficit, presupuestario y comercial, durante la próxima década. “Esta enorme expansión fiscal tendrá consecuencias para las tipos, la Reserva Federal, las divisas, las acciones y el crédito, tanto a corto como a largo plazo”, advierte.

Estas tensiones coinciden con la resaca de una reforma tributaria que costará 1,5 billones de dólares y un acuerdo presupuestario hasta finales del año fiscal 2019, cuyo acuerdo suma otros 300.000 millones de dólares más al gasto público. Una situación que la administración Trump edulcora con la promesa de un crecimiento sostenido de alrededor del 3% para la economía estadounidense y asumiendo que los costes de financiación de su deuda se mantendrán relativamente constantes. Es importante tener encuenta que el Departamento del Tesoro tiene previsto duplicar su emisión hasta los 1,3 billones de dólares este año, su mayor nivel desde 2010.

“Después de revisar las estimaciones de la Ofician Presupuestaria del Congreso (CBO, por sus siglas en inglés) e incorporar nuestro propio análisis estimamos que el déficit alcanzará los 775.000 millones de dólares este año y alcanzará 1,1 billones de dólares en 2019”, determina Michale A. Brown, economista de Wells Fargo Securities. Este experto incide en que la relativa fuerza económica mitigará el impacto del déficit pero advierte que cualquier síntoma de debilidad incrementará la brecha durante el próximo año y medio.

Al contrario de lo que ocurrió con su propuesta presupuestaria para el año fiscal 2018, en esta ocasión la administración Trump y su director de presupuesto, Mick Mulvaney, tiran la toalla en su intento por equilibrar el déficit durante la próxima década. De hecho, según el Comité para un Presupuesto Responsable, los intereses sobre la deuda pública americana dispararán el déficit por encima de los 2 billones de dólares en la próxima década desde los 440.000 millones de dólares actuales.

Desde Deutsche Bank estiman que el déficit de EEUU alcanzará un 5,1% del PIB en el año fiscal en curso y continuará su escalada hasta 2027, cuando podría acomodarse en un 7% del PIB si los legisladores y la Casa Blanca no toman medidas apropiadas para reducir el gasto. Esta situación “aumenta el riesgo de retorno de los conocidos como bond vigilantes”, estiman los analistas de Capital Economics.

El término “bond vigilantes” se utiliza para referirse al grupo de inversores y tenedores de deuda que suelen presionar a los gobiernos que gastan demasiado. Esta definición fue acuñada por Ed Yardeni, historiador de mercados y presidente de Yardeni Research, en los años 80 para referirse a los inversores preocupados por la disiciplina fiscal. Normalmente, su intercesión a través de la venta de bonos suele forzar al alza los rendimientos de la deuda pública, elevando así los costes de financiación, el endureciendo las condiciones financieras y generando un pánico más amplio entre los mercados financieros.

Mientras estos acreedores ya dejaron notar su influencia durante la crisis de deuda soberana en la eurozona, la última vez que dejaron patente su poder a este lado del Atlántico fue durante la administración del ex-presidente Bill Clinton. Durante la conocida como “masacre del mercado de bonos” de 1994, el ex presidente de la Reserva Federal Alan Greenspan duplicó las tasas de interés del 3% al 6% en un intento por desacelerar el impulso de la economía. En respuesta a esta situación, el rendimiento del bono del Tesoro a 10 años alcanzó el 7,94%, forzando por aquel entonces a la Casa Blanca a frenar su gasto.

Actualmente, con la Reserva Federal deshaciéndose de los bonos del Tesoro en su balance, la pérdida de una porción del mercado privado representaría una amenaza aún mayor para los rendimientos, que recordemos se mueven de manera inversa a sus precios. Un incremento de la rentabilidad implicaría un mayor coste de financiación para la deuda pública y privada.

Andrew Hunger y Michael Pearce, economistas de Capital Economics, avisaban en un informe a sus clientes que “existe el riesgo de que la generosidad recién descubierta en Congreso esté sembrando las semillas de la próxima crisis fiscal cuando la economía de EEUU se vea inevitablemente golpeada por una recesión”. Según estos expertos, la política fiscal podría convertirse en un lastre para el crecimiento a partir de 2020 si para entonces los legisladores no logran alcanzar un acuerdo para elevar de nuevo los niveles de gasto.

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