Trump y la desconfianza como herramienta diplomática


A finales del mes de abril, durante la visita de Estado del presidente francés, Emmanuel Macron, a la Casa Blanca, la sintonía entre el galo y el impredecible mandatario estadounidense, Donald Trump, confirmó una extraña admiración entre ambos líderes que a este lado del Atlantico se postularía como un claro ejemplo de “bromance”. Ambos congeniaron, al menos ante las cámaras, mientras el republicano también denotó un tono algo menos irascible con la canciller alemana, Angela Merkel, pocos días más tarde.

Sin embargo, los esfuerzos de Macron, Merkel e incluso de la primera ministra británica, Theresa May, cayeron en saco roto, cuando el presidente estadounidense volvió a echar mano la semana pasada de la escuela diplomática de Thomas Jefferson, basada en el aislamiento y el no intervencionismo multilateral, para anunciar la salida de su país del Plan de Acción Integral Conjunta (JCPOA, por sus siglas en inglés), popularmente conocido como el pacto nuclear con Irán.

Un nuevo revés a los tradicionales aliados de Washington, con especial profundidad en el Viejo Continente, que instaura de nuevo la desconfianza como nueva herramienta diplomática a la hora de lidiar con el Despacho Oval. “La jugada de Trump representa una abdicación del liderazgo estadounidense en el escenario internacional que no tiene paralelo en la historia reciente”, recalca Suzanne Maloney, subdirectora de política exterior en la Brookings Institution, un Think Tank con sede en Washington.

No es para menos, la decisión del republicano, que alía su posición con el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, además de Arabia Saudí, deja huérfano un compromiso que, aunque imperfecto y necesitado de cierto endurecimiento, supone un paso diplomático importante con Teherán. La salida de EEUU y la restauración de sanciones primarias y secundarias obliga a la Unión Europea a tomar medidas que blinden a las compañías como Total, Renault o Airbus con intereses empresariales en la República Islámica.

“Para Trump, la decisión es todo ego; desmembrar el trato con Irán satisface una multiplicidad de pequeños intereses personales: deshacer el legado de su predecesor, cumplir sus propias promesas de campaña y reivindicar su exagerado sentido propio de negociación”, estima Maloney, quien también hace mención a otras zancadillas diplomáticas a sus aliados, como la retirada del Acuerdo Climático de París, la salida de Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica o la imposición de aranceles a sobre las importaciones de acero y aluminio aludiendo motivos de seguridad nacional. Tampoco hay que olvidar la decisión de trasladar la Embajada de EEUU en Israel a Jerusalem.

El distanciamiento europeo con Washington se ha convertido en una nueva realidad, donde la semana pasada, la propia canciller alemana, escoltada por Macron, aseguraba que Europa no puede esperar que EEUU simplemente “nos protegerá”, más bien, “Europa necesita poner el destino en sus propias manos. Esa es la tarea para el futuro”, sentenció. Palabras que suceden a las continuas críticas de Trump al coste infligido a su país a través de la Alianza Transatlántica.

“Europa se enfrenta a una elección crítica e histórica y debe demostrar su voluntad política de avanzar en sus intereses de seguridad a través de una diplomacia robusta”, destaca Ellie Gerenmayeh, experta del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores.

Pero la incertidumbre y la desconfianza no sólo llega de los aliados europeos. En estos momentos, la renegociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN, por sus siglas en inglés) se enfrentar a una contrarreloj decisiva. La administración Trump ha presionado para avanzar en las negociaciones pero aún así no ha moderado su mano dura en algunos temas clave, como son las reglas de origen dentro del sector automotriz.

El posicionamiento unilateral y aislacionista de EEUU, no sólo está respaldada por Trump sino por el núcleo duro de su gabinete. Si su consejero comercial, Peter Navarro, está detrás del pulso arancelario iniciado por la Casa Blanca, el desembarco de John Bolton, ex embajador de EEUU en Naciones Unidas durante la administración de George Bush, como director del Consejo Económico Nacional blinda el nuevo orden mundial, donde la primera potencia ha decidido andar por cuenta propia.

El Financial Times señaló la semana pasada como Bolton sugirió hace casi dos década que  si tuviera que reestructurar el Consejo de Seguridad de la ONU,  este tendría “un sólo miembro permanente porque ese es el verdadero reflejo de la distribución del poder en el mundo”. Declaraciones que a día de hoy resuenan en la arena internacional a medida que Washington da la espalda a la diplomacia y a sus aliados tradicionales.

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